No todos los niños disfrutan del terror, y no pasa nada. Acompañar sus miedos, respetar sus límites y no ridiculizar sus emociones también es una forma de ayudarles a crecer.
Brujas, vampiros, esqueletos, casas encantadas, gritos repentinos y personas disfrazadas que aparecen de pronto en la oscuridad. Para muchos niños, Halloween es una fiesta emocionante, llena de disfraces, dulces y diversión. Para otros, sin embargo, puede convertirse en una experiencia angustiante.
Quizá lo más importante no sea preguntarnos por qué algunos niños tienen miedo, sino qué hacemos los adultos cuando ese miedo aparece.
En ocasiones, el problema no termina en el monstruo que acecha detrás de una máscara. Empieza cuando el niño busca protección y escucha frases como «¡pero si no da miedo!», «no seas miedica», «ya eres mayor para estas cosas» o «mira cómo los demás sí se atreven».
Con la intención de animarlos, ayudarles a superar sus temores o conseguir que disfruten de la fiesta, podemos transmitirles, sin darnos cuenta, un mensaje diferente: que lo que sienten no tiene sentido, que deberían poder controlarlo o que hay algo de malo en tener miedo.
El miedo también forma parte de crecer
El miedo es una emoción básica y cumple una función importante: nos ayuda a detectar posibles amenazas y a prepararnos para responder ante ellas. Durante la infancia, además, muchos temores forman parte del desarrollo evolutivo.
Los niños pequeños están construyendo su comprensión del mundo y todavía no interpretan la realidad de la misma manera que los adultos. La distinción entre fantasía y realidad se desarrolla progresivamente, por lo que una máscara, una sombra o una figura monstruosa pueden resultarles verdaderamente amenazantes.
Aunque a nosotros nos parezca evidente que detrás del disfraz hay una persona conocida, esa explicación racional no siempre es suficiente para que un niño deje de sentir miedo.
Saber que algo no es peligroso y sentirse seguro ante ello son dos cosas distintas. Podemos explicarle a un niño que los monstruos de Halloween son ficticios, pero no podemos exigirle que su cuerpo deje de reaccionar inmediatamente ante algo que le asusta.
La madurez emocional no consiste en dejar de sentir miedo cuanto antes. Consiste, entre otras cosas, en ir aprendiendo a reconocerlo, comprenderlo y manejarlo con los recursos que cada etapa del desarrollo permite.
Y ese aprendizaje necesita tiempo.
No necesitan demostrar que son valientes
Existe una idea bastante extendida de que los niños deben aprender a enfrentarse a sus miedos y que, para conseguirlo, a veces es necesario empujarlos un poco.
Es cierto que evitar sistemáticamente todo aquello que nos produce ansiedad puede contribuir a mantener algunos miedos. También es cierto que, con el acompañamiento adecuado y una exposición gradual, los niños pueden descubrir que son capaces de afrontar situaciones que antes les resultaban difíciles.
Pero hay una diferencia importante entre ayudar a un niño a sentirse capaz y obligarlo a demostrar que lo es.
No es lo mismo ofrecerle la posibilidad de acercarse a una decoración que le asusta, permaneciendo a su lado, que arrastrarlo hasta ella para que compruebe que no pasa nada. No es lo mismo animarlo a llamar a una puerta si le apetece que insistir en que lo haga porque «ya es mayor». Tampoco es lo mismo invitarlo a probar un disfraz que obligarlo a llevarlo para que no decepcione a los demás.
En el primer caso, el niño cuenta con un adulto que le ofrece seguridad y respeta su capacidad para decidir hasta dónde puede llegar. En el segundo, tiene que gestionar su miedo al mismo tiempo que soporta la presión de cumplir las expectativas de los demás.
Y cuando el mensaje que recibe es que debe superar el miedo para no parecer débil, puede terminar aprendiendo a ocultarlo en lugar de aprender a comprenderlo.
La valentía no debería convertirse en una obligación ni en una prueba que los niños tengan que superar para demostrar que están creciendo.
Cuando confundimos madurar con dejar de tener miedo
A menudo esperamos que los niños sean capaces de afrontar situaciones para las que todavía no están preparados emocionalmente. Les pedimos que sean mayores, que no lloren, que no se escondan detrás de nosotros, que no se asusten por cosas que consideramos absurdas.
Pero crecer no es una carrera.
Que un niño tenga miedo a la oscuridad, a las máscaras, a los personajes fantásticos o a separarse de sus figuras de referencia no significa necesariamente que sea inmaduro. Tampoco significa que vaya a convertirse en un adulto inseguro o incapaz de afrontar las dificultades.
Cada niño tiene su propio ritmo, su temperamento y sus sensibilidades. Incluso dentro de una misma familia, dos hermanos pueden vivir la misma experiencia de maneras muy diferentes.
Hay niños que disfrutan de las casas encantadas y otros que prefieren mantenerse a distancia. Algunos se ríen ante un monstruo de mentira; otros necesitan varios encuentros para acostumbrarse a verlo. Y hay quienes simplemente no quieren participar.
Todas estas respuestas merecen ser escuchadas.
Respetar el ritmo de la infancia implica aceptar que un niño puede no estar preparado hoy para algo que quizá disfrute dentro de unos meses o unos años. No necesitamos adelantar ese proceso para demostrar que estamos educando bien.
La infancia no debería convertirse en un entrenamiento constante para dejar de ser niños cuanto antes.
No ridiculizar sus miedos: una forma de cuidar su autoestima
Cuando un niño siente miedo, no solo está experimentando una emoción desagradable. También está descubriendo qué puede hacer con ella, cómo reaccionan los demás y si es seguro expresar lo que siente.
Si cada vez que manifiesta temor recibe burlas, comparaciones o reproches, puede empezar a interpretar que su emoción es inadecuada. Quizá aprenda que llorar es de pequeños, que pedir ayuda es de débiles o que necesita aparentar tranquilidad para ser aceptado.
El problema no es que el niño tenga miedo. El problema es que llegue a sentir vergüenza por tenerlo.
Frases como «no seas cobarde», «tu hermano no tiene miedo», «no pasa nada» o «no tienes motivos para llorar» pueden parecer inofensivas, especialmente cuando las decimos con la intención de tranquilizar. Sin embargo, pueden hacer que el niño se sienta incomprendido o presionado para dejar de expresar lo que siente.
Podemos transmitirle otro mensaje:
- «Veo que te asusta. Estoy aquí contigo».
- «A mí me parece un disfraz, pero entiendo que a ti te dé miedo».
- «No tienes que acercarte si no quieres».
- «Podemos mirarlo desde aquí y decidir después».
- «No pasa nada por tener miedo. Vamos a ver qué necesitas».
Validar una emoción no significa confirmar que exista un peligro real ni alimentar una fantasía aterradora. Significa reconocer que la experiencia del niño es real para él y ofrecerle nuestra ayuda para comprenderla.
Podemos explicar que la figura que ve es una persona disfrazada y, al mismo tiempo, respetar que todavía le impresione.
Acompañar no es sobreproteger
Respetar los miedos infantiles no significa evitar cualquier situación que pueda incomodar al niño, ni transmitirle que el mundo es peligroso y que necesita que lo protejamos constantemente.
La intención tampoco es organizar la vida familiar alrededor de todos sus temores.
Acompañar significa encontrar un equilibrio entre ofrecer seguridad y favorecer, progresivamente, la autonomía. Es estar disponibles sin invadir, animar sin presionar y ayudar sin decidir siempre por ellos.
Si un niño tiene miedo a una decoración de Halloween, podemos detenernos, observarla juntos y explicarle qué es. Podemos preguntarle si quiere acercarse un poco o si prefiere continuar el paseo. Quizá le apetezca volver a intentarlo después, cuando se sienta más tranquilo.
No todas las experiencias tienen que convertirse en una oportunidad para superar un miedo. No todos los límites necesitan ponerse a prueba. Y no toda negativa infantil requiere una estrategia para cambiarla.
A veces, respetar un «no quiero» es suficiente.
Otras veces, si el miedo es intenso, persistente o limita significativamente la vida cotidiana, puede ser útil buscar orientación profesional. En esos casos, el objetivo no es forzar al niño a soportar aquello que teme, sino comprender qué está ocurriendo y ayudarlo de manera ajustada a sus necesidades.
Halloween: una oportunidad para escuchar, no para poner a prueba
Halloween puede ser una celebración divertida si tenemos en cuenta que no todos los niños disfrutan de lo mismo.
Podemos prepararles para lo que van a encontrar, enseñarles fotografías de los disfraces, anticipar los ruidos que podrían escuchar y explicarles cómo será el recorrido. Si tienen sensibilidad sensorial, podemos optar por disfraces cómodos, evitar los lugares demasiado concurridos o reducir el tiempo de participación.
También podemos dejarles elegir si quieren disfrazarse, si prefieren un traje menos aterrador o si desean acompañarnos sin participar en todas las actividades.
Y, sobre todo, podemos evitar convertir la fiesta en una prueba de valentía.
No necesitan entrar en una casa encantada para demostrar que están creciendo. No tienen que tocar una máscara que les asusta para aprender que es inofensiva. Tampoco necesitan soportar una experiencia desagradable para que los demás se diviertan.
Podemos invitarlos, explicarles, acompañarlos y ofrecerles alternativas. Podemos animarlos a explorar cuando muestran curiosidad, respetar sus pausas y estar atentos a las señales de que necesitan retirarse.
Los adultos no podemos evitar que nuestros hijos sientan miedo. Nuestra tarea no es eliminar cada emoción desagradable, sino ayudarles a desarrollar recursos para comprenderla y afrontarla a medida que crecen.
Eso implica aceptar que habrá momentos en los que necesiten nuestra mano, nuestra presencia o nuestra ayuda para poner palabras a lo que les ocurre. Y también implica confiar en que, con tiempo, seguridad y experiencias adecuadas, podrán desarrollar nuevas capacidades.
No necesitamos apresurar ese proceso ni avergonzarlos para que avancen.

